Juegos y vida vecinal en la calle Margallo: la esencia de una época en Cáceres

La nostalgia por la infancia en Cáceres se manifiesta a través de los recuerdos de la calle Margallo, sus juegos, comercios y la vida social de la época
“A mis padres, Valeriano y Adoración, con el mayor agradecimiento y cariño eterno”
En aquellos tiempos, años cincuenta y sesenta, la pequeña capital de provincia oscilaba alrededor de los cuarenta y tantos mil habitantes. Una capital que rezumaba la esencia de un tiempo que ya, ay, se quedó lejano, aunque retumba en la memoria como una página del tiempo y de la historia cacereña.
La calle Margallo, anteriormente denominada Moros, recibe el nombre por el heroísmo del entonces comandante militar y general de brigada Juan García Margallo, natural de Montánchez, cuyo apellido honra el rótulo callejero desde 1893. En la mañana del 28 de octubre el militar cacereño resultaba muerto de tres balazos, en medio de una lluvia de disparos, por parte de una multitud de más quince mil bereberes que había sitiado el fuerte de Cabrerizas Altas, con apenas cuatrocientos soldados españoles, en una inmensa emboscada de la morisma. El general Margallo cuenta con una semblanza de relevante magnitud.
Aquella calle, como tantas de aquel entonces, se configuraba como punto de encuentro de una niñez que se daba cita con frecuencia en la convivencia, diversión y aprendizaje que emanaba desde las esencias populares a través del sabor callejero y en aquella nuestra calle, como en tantas otras, apenas circulaban coches, con alguno, muy escaso, aparcado, mientras los pequeños transitábamos entre los trajines a través del asfalto, con un montón de juegos de la época, entre la tradición y la imaginación. A caballo, eso sí, de nuestros estudios y obligaciones, que de todo hay en la viña del Señor.
Aquellos juegos callejeros que tanto sabor nos impregnaban a los pequeños
Una gran parte de los niños frecuentábamos la calle pegando la hebra, sentados sobre la acera, y con juegos que se transmitían de generación en generación: el rescate, el pañuelo, las chapas, la villorda, burro nuevo, con taconazo incluido en la posadera del que hacía de asno, los bolindres, el salto del estudiante, hilo negro, la peonza, mosca burrera, la taba, el fútbol con una pequeña pelota verde, “gorila”. Aunque cuando disputábamos un siempre reñido “fío” —partido de fútbol en nuestro lenguaje—, con las marcas de las porterías en tiza y sobre el borde de la acera, había que tener un ojo pendiente de que asomara, como sucedía de cuando en vez, un guardia municipal, a quienes denominábamos, también en nuestro lenguaje, como “bote”. Cuando escuchábamos ese grito avisador la chiquillería salía espantada en desbandada, a todo meter, desapareciendo del escenario social-callejero en menos que canta un gallo. A buen seguro que el agente, de llegarse hasta nosotros sin percatarnos, lo que tampoco le resultaba fácil por la solidaridad vecinal de los mayores, nos arrebataría la pelota, siguiendo, como escuchamos en alguna ocasión, “el cum-pli-mi-en-to de las or-de-nan-zas mu-ni-cipa-les”, tal cual recitaban con el rigor emanado de la autoridad que infería el uniforme.
Más allá, la relación social de aquellas legiones de pequeños se distinguía por la cercanía y convivencia vecinal. Por lo que buena parte de aquella infancia, que nos robó disimuladamente el paso del tiempo, transcurría en el aprendizaje callejero-popular. Una relación que transmitía confianza, encuentro y esos esquemas de ocio entre unos y otros.
Vínculo de encuentros, lugar de esparcimiento…
La calle Margallo disponía de su sabor, encanto, intensidad argumental. Por la razón que fuere, la calle, desde la perspectiva de ahora, mirando hacia atrás sin ira, disponía de una amplia vida niña. Que allí se alzaba el colegio de San Antonio, una institución como la de los frailes franciscanos, lo mismo que se alzaba una gran carpintería en sus inicios, a la vera de la calle Nidos, una panadería como “La Madrileña”, un par de ultramarinos, Cascos y Agustín, el bar que llevaba Teresa, la del Cuartel de Carabineros, donde habitaba un montón de familias, como otro montón de familias moraba en el cuartel de la Guardia Civil, en cuya entrada se leía la inscripción “El honor es mi divisa”, un par de sastrerías, como la de Avelino, un despacho de habilitado en clases pasivas, la escuela de música del maestro Castillo, que nos enseñaba a tocar la bandurria, una carbonería que, más tarde, se transformaría en una zapatería y hasta un encuadernador, en el inicio de la cuesta que lleva al Arandel… También el paso lento y cansino de las vacas del señor Luengo, camino de las hierbas del inmenso descampado ante Talleres Municipales, el establo del señor Julián, algún que otro corderillo de Pascua, mantenidos temporalmente, al grito de otros muchachos que sacaban algunas perras voceando “Trébol pa los borregos…”.
Buena parte de las casas mantenían la puerta abierta, tal vez entornadas, existía un vínculo de encuentro social, y en aquel espacio que transitaba entre el esquinazo de la calle San Justo, el Cuartel de la Guardia Civil, hasta el final de la calle, un lugar de encuentro, ocio y sabor callejero. De ahí, pues, se daba paso a la tranquilidad que se respiraba en la calle, en la que se aprendía de unos y otros, aunque, en ocasiones, nos llevara a dejar atrás los estudios, apurando el final del día para hincar un rato los codos con los deberes escolares.
El sabor del Paseo Alto y el campo cacereño
El Paseo Alto, también llamado de Ibarrola, jurista y escritor notable, asiduo en sus caminatas por el paseo, nos quedaba a tan solo un tiro de piedra, en aquellas distracciones que disfrutábamos a la vera del Cuartel que albergara el regimiento “Argel 27”. Un Paseo Alto, con su ermita en honor de los Santos Mártires, su fuente de agua potable, sus eucaliptos, su bandeja en una inmensa explanada, con su guarda y hasta con un bar que se denominaba, salvo error, algo así como “El Rancho”… Un paseo que alberga prudentemente numerosas aventuras y secretos de la muchachada de las calles próximas, abundante de pequeños que nos recreábamos con la compaginación del sabor callejero y frecuentes escapadas a un lugar siempre mágico. Con el tirador tras los gorriatos, lanzando cantazos, aspirando alguna calada fugaz de algún cigarrillo, entre toses y aspavientos, y con algún muchacho luciendo alguna pitera.
Otras veces la muchachada se encaminaba hasta la charca Musia y por otros itinerarios, cazábamos de noche ranas estáticas ante la luz de una linterna, distinguíamos un arrendajo o un carbonero común, conocíamos los cipreses, los eucaliptos, los olmos, las acacias, y aprendíamos, a nuestro modo y manera, con el eco salpicado y popular del callejeo.
De este modo, con las lecciones y tareas de la escuela, bajo las enseñanzas siempre agradecidas de un maestro de manifiesta talla humana y profesoral, don Juan Checa Campos, la peculiaridad que emanaba de la calle y, por otra parte, la instrucción de la casa familiar, transcurría el pasaje de un tiempo, acaso, de forma tan sigilosa, que no nos percatábamos lo más mínimo de que, día a día, quedaba atrás una página de la historia personal, que ahora, ay, conforman un poema de años que se adornan con ingentes recuerdos.
El bachiller y el paso del tiempo
Un día, así, como de repente, nos llegamos, con chaqueta y corbata al Instituto para el examen de ingreso en el Instituto “El Brocense”. Tras el aprobado y el inicio del primer curso de bachiller el paso de las jornadas comenzaba a volar de otro modo, por aquello de no querer renunciar a la esencia y dinámica de la calle, que se espaciaba, de forma paulatina, por las vías vacacionales. Sencillamente, la marca del paso del tiempo, mientras como testimoniaba Antonio Machado en sus versos, “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”.
Esos impulsos de la distancia vecinal y amiga de la calle se impregnaban un poco más cuando, también casi de repente, me veía aprendiendo las primeras declinaciones en latín, rosa-rosae, hortus-i, en clases particulares bajo la batuta de don Benjamín, sacerdote, como algunos acudíamos también hasta la biblioteca pública donde doña Isabel Luna nos orientaba sobre lecturas y libros, además de mandarnos de cuando en vez, muy educadamente, silencio. Del mismo modo la pandilla se desperdigaba paulatinamente con otros compañeros y se paseaba los fines de semana por Pintores, la Plaza Mayor, entre adioses y aquellas chicas entre las que había algunas por las que cada quien bebía los vientos. Tras la comida dominical —¿qué tal unas judías blancas, un poco de tortilla de patatas y un merengue?—, cine o fútbol, que ya seguíamos el ímpetu del Club Deportivo Cacereño.
Al medio se dispersaba ese espacio y ese tiempo con el trajín de los personajes que nos entretenían con su paso, aunque un poco menos que ayer. Ya fuera el Chato de los Metales, los soldados que transitaban por aquella vía de acceso al Cuartel “Infanta Isabel”, desde donde salían los toques de diana, de fajina, de izar y arriar bandera —con todos los soldados, a los que se conocía como “chorchis”, firmes, les pillara donde les pillara el sonido de la corneta—, el gentío camino o de regreso de los espectáculos taurinos, del cine de verano en la plaza de toros, a dos pelas la silla, el tránsito del paisanaje de pueblo con familias enteras acompañando al sorteo de los quintos, con cestas de mimbre desprendiendo olor a comida. Posteriormente el gentío llegado a Cáceres con los futuros soldados se esparcían y abrían por los bares y parques de la capital, empezando por el bar Peromingo, en la calle Margallo, “La Viña” y “La Parra”, en la calle José Antonio, en medio de una gran algarabía, miles de charlas, griterío y entonando cancioncillas propias del día como “Si te toca, te jodes / que te tienes que ir / que tu madre no tiene / dos mil reales pa ti”, o “Las madres son las que lloran / que las novias no lo sienten / le quedan cuatro zagales / y con ellos se divierten” o “Los quintos cuando se van / se dicen unos a otros / mi novia me espera a mí / hasta que le salga otro”.
Así, de esta forma, iba transcurriendo, paulatinamente, el carrusel de los días, que impregnaban el recorrido de aquellos niños cacereños de la calle Margallo, que, a fin de cuentas, acabaría marchándose por la pendiente del paso del tiempo. Casi sin darnos cuenta, casi casi, de puntillas…
Tras este paseo el articulista sucumbe ante el sentido emocional. Lo que le lleva a extraer de la memoria el poema “El Cristu Benditu” de José María Gabriel y Galán, una figura tan estudiada por don Valeriano, con numerosos artículos y dos libros sobre el poeta —“Biografía de Gabriel y Galán” y “Anecdotario de Gabriel y Galán”—, premio nacional de periodismo con el nombre del poeta, inspirador del homenaje anual cada 6 de enero, ante la imagen que se alza del mismo en lo alto del Paseo de Cánovas. Tiramos de la fecunda mano del poeta recordando sus versos que apuntan “¿Ondi jueron los tiempos aquellos, / que pue que no güelvan…?”.
Detrás de nuestros pasos la imagen, memoria y recuerdo, de don Valeriano. Un prócer de la cultura, el cacereñismo y el sentido humanista, de un saber y una generosidad ilimitada, que tanto nos instruyó a los hermanos y a quien tanto debemos por su talante y su bondad.
Juan de la Cruz
Juan de la Cruz Gutiérrez Gómez es un periodista y escritor, con una destacada trayectoria en TVE y una intensa labor como divulgador de la historia y la memoria de la ciudad. Su figura ocupa un lugar relevante en Fotos Antiguas de Cáceres por su aportación al patrimonio cultural y periodístico cacereño.


