En pleno corazón de Cáceres hubo un lugar que durante décadas fue más que una cafetería: fue un punto de encuentro. Ese lugar fue Jamec, uno de los nombres más célebres de la ciudad, nacido de un detalle muy familiar: su nombre es un anagrama formado con las iniciales del dueño y sus cinco hijos — J de Jesús y José, A de Antonio, M de Manolo, E de Eugenio y C de Carlos. En la foto publicada, a la derecha aparece Eugenio Alonso Rubio, dueño de Jamec.
El 25 de febrero de 1935 abrió sus puertas con vistas a Pintores y Moret, y desde el primer día se pensó a lo grande. En la planta baja estaba la cafetería: la barra, un salón amplio y aquellas escaleritas que llevaban a un pequeño escenario donde se subirían grandes orquestas. En la primera planta se instaló el restaurante, y las dos plantas superiores se reservaron para el hotel, completando un edificio que respiraba vida a cualquier hora.
Por dentro, Jamec tenía ese aire elegante y acogedor que se te queda grabado: grandes espejos, sillones de cuero blanditos y sillas negras preciosas. Con el tiempo llegó una segunda barra, y se convirtió en un ritual de calle: el mostrador de helados que daba a Pintores. Para muchos, la memoria de Jamec sabe a verano: esos cortes de distintos sabores que “te sabían a gloria” cuando tu madre te lo compraba al pasar.
El movimiento era constante: llegó a tener 27 empleados, señal de lo que significaba para la ciudad. Y arriba, el hotel —pequeñito pero muy querido— contaba con 17 habitaciones entre triples, dobles y simples, con capacidad para 26 plazas. Y luego estaba el comedor, que a diario se llenaba, como se llenan los sitios que se ganan su lugar en la vida de una ciudad.
Creo que el que aparece en la foto a la derecha es Antonio Alonso, no Eugenio.
Mi madre trabajo en la cocina de jamec Alicia