El Nano

Calle Sánchez Varona
Puerta del comercio de Juan Cacharrón o de Isabel en la calle Parras El Nano, un personaje popular que llegaba a todo Cáceres, forma parte de la historia de la ciudad
El popular cacereño, conocido como «Nano», recorría la ciudad con estandartes y altares, proclamando su devoción por la Virgen de la Montaña y el santoral
Mariano Amaral Pérez (Cáceres, 1932-2011), fue, en el Cáceres de Aquellos Tiempos, uno de los personajes más populares, que, desde la dinámica de sus particularidades, con la filosofía de su vida, plasmada de ingenuidad y sencillez, recorría, de modo frecuente, las callejuelas, plazoletas y rincones de la ciudad, con estandartes, con la Virgen de la Montaña y un pequeño altar proclamando, de un modo cuasi ininteligible, esa parcela de sus «sermones», que seguían preferentemente los más pequeños, a modo, tal vez, de diversión y pasatiempos, aunque, también, algunos mayores.
Mariano Amaral, hijo de Antonia y del tío Simón, vendedor callejero y ambulante de cupones, procedente de tierras lusas, era el segundo de la saga de los seis hijos que configuraban la descendencia del matrimonio, nació en la cacereña calle de Pereros, abrazada a las cercanías y proximidades del convento de las monjas trinitarias, en un lugar tan manifiestamente sugerente como el casco histórico monumental, y, fue conocido por todos, desde que vio la luz de este mundo, como «Nano«, tal como contaran en su día sus padres.
Un día cualquiera el «Nano«comenzó a salir y a recorrer el todo Cáceres, como se suele con su colección de imágenes, expandiendo la calidez humana de sus «homilías«. Luego, el murmullo de la ciudad se encargó de poner el artículo por delante del nombre por el que era conocido, tal como se aplicaba a una buena parte de ciudadanos.
El Nano, un tipo popular en la pequeña capital de provincia
Por lo que Mariano Amaral pasó a ser, sencillamente, en toda la geografía de la pequeña capital de provincia, el «Nano«, apreciado y querido por todos gracias a su especial tipología y peculiaridades, que se basaban en un profundo amor al mundo de las vírgenes y de los santos, pero con una manifiesta predilección, tal como dejaba siempre constancia, por la Patrona de Cáceres, la Virgen de la Montaña, que mañana, domingo, regresa al Santuario, tras el novenario ritual de cada año en la Concatedral de Santa María, entre miles de visitas, plegarias, rogativas, anhelos…
Para ello, antes de salir de su casa, preparaba, modestamente, con el mayor esmero personal, con ese aire ingenuo y bonachón que le distinguía, el estandarte y el pequeño altar, aderezado con todo un puñado de flores silvestres, amapolas, margaritas, lilas, campanillas, de cuando en vez alguna rosa, algún geranio, algún tulipán con que le obsequiaba cualquier vecino o viandante, y echarse a la calle, donde desde los más chicos a los ancianos de más edad, seguían sus pasos, con el cariño con que le acogían todos los cacereños. Lo que pone de relieve que, en su conformación humana, el «Nano» calaba, y de qué manera, en el trasfondo de todo el vecindario.
El caminar y los senderos del «Nano«, con sus emblemas de simbología religiosa, sin cesar en el paso del tiempo, fueron diseñando, de forma paulatina, su convergencia personal en el Cáceres de aquellos tiempos, en el que le nacieron, con el trono que llevaba a hombros, con sus sonidos y pasos a modo de solemne marcha procesional, para, con cierta frecuencia, pregonar de forma excelsa las bondades de la Virgen, rodeado de ese corrillo de chicuelos que le iban acompañando y siguiendo en sus peregrinajes por los diferentes barrios de la ciudad.
Su identidad con la Virgen de la Montaña
Una estampa caracterizada por la propia semblanza humana y por la singularidad de los rasgos que identificaban de pleno a Mariano Amaral, el «Nano«. Un cacereño con una semblanza envuelta en las constantes de una persona que, por sus genuinas características personales, hizo de su amor por el santoral y por la Virgen de la Montaña, un lugar totalmente relevante, aquellos cortejos «procesionales«, como sabíamos y conocíamos, popularmente, todos los vecinos, como elemento fundamental de su quehacer diario; también, claro, como una forma de vida.
Así, de este modo, aquel santito, como también se le conocía de forma popular, lo preconizaba dejando en todos y cada uno de sus recorridos y «pregones», «sermones«, «peroratas«, «discursos«, «sonsonetes«, «matracas«, «prédicas«, «alegatos«, “retahílas”, “homilías”, «jaculatorias«, o «evangelios«, que todos esos calificativos y algunos más diferenciaban a su palabra y a sus palabras, a sus con ese segmento y esa estela de sencillez, ingenuidad y bonhomía, que se alargaba por la hondura de la capital cacereña y en la que el Nano se había incrustado y convertido en un personaje eminentemente singular dentro de la iconografía ciudadana…
Mientras la pandilla de críos, tras abandonar los libros y cuadernos de deberes en el domicilio familiar, se afanaba en sus trajines y correrías, porque la calle se ofrecía como un segundo domicilio familiar, entre partidos con una pelota «gorila», de color verde, pegando brincos de burro nuevo o de mosca burrera, o de carreras y sudores, se escuchaba un eco, cada vez más cercano…
¡Que viene el Nanooooo!
De repente, uno de los muchachuelos nos avisaba a todos y gritaba:
—¡Que viene el Nanoooooooooo…!
Entonces, de forma espontánea, curiosa y cariñosa, lo que es de justicia señalar, una legión de chiquillos y algún que otro mayor galopaba para hacer corro junto al Nano, que, entonces, hacía un alto y comenzaba a soltar uno de sus habituales «sermones«. En los que no resultaba nada fácil entender su verbo, pero del que emanaban, sin ningún género de dudas, palabras, piropos, mensajes y cánticos de amor a todo el largo santoral, que se incrustaba en sus adentros. También, claro, a la Patrona de Cáceres, que allá, en lo alto de la Sierra de la Mosca, siempre velaba por el bueno del Nano y por todos los cacereños.
El «Nano» manifestaba toda una amplia expresión de gestos, de cara, de palabras, con su altar o su estandarte ambulante, cuajado de manifestaciones religiosas.
Poco después, al despedirse de la muchachada en la parada de aquella cualquiera de sus estaciones procesionales, solía mirar a alguno de los balcones en el que estuviera asomada alguna linda chiquilla. Entonces se despedía de la misma, con una sonrisa adobada de ingenuidad y bondad, recitando la siguiente letrilla: «Adiós, niña buena/adiós, niña guapa/no llores por mí/que hoy canto yo/en la plaza de toros/y te canto mi canción». Para finalizar diciendo, siempre, «Adiós, guapa».
Entonces el «Nano«, que miraba sonriendo a la niña, se percataba de que la pequeña del balcón le correspondía y que dejaba escapar, igualmente, con una ternura como la del protagonista, otra sonrisa que se cruzaba con la de Mariano Amaral… Más allá le arrojaba, además, un beso que volaba y que se evaporaba por los aires sentimentales cacereños. Posteriormente Mariano Amaral cargaba con su cajón, con su Virgen, con sus flores, con su trono, si había suerte con algunas perrillas, yproseguía el itinerario de su ruta procesional.
Así uno y otro y otro día más. Tantos y tantos días con el «Nano«, rindiendo culto a su propia esencia, pateándose de modo incansable la plaza Mayor, la calle general Ezponda, Moret, Parras, Hornillos. Pintores, Nidos,Villalobos, Andrada, la plaza de Italia, la plaza de San Juan, general Margallo, Caleros, José Antonio, Berrocala, Camino Llano, san José, la plaza de la Concepción, Cánovas, el barrio de San Blas, el barrio de San Marquino, cumpliendo, de forma puntual, su ritual con toda una autentica coreografía, la que volaba a través de sus devociones y con aquella coplilla tan frecuente en sus desleídos labios de amor a la Patrona de Cáceres tal como trasmitía nuestro querido “Nano”: “Virgen de la Montaña,/ Virgen Bendita,/reza por tus hijos/ desde tu ermita”.
De humilde familia, solía vestir un desgastado y raído ropaje. Alguna rebeca o chaqueta, por lo general de tamaño superior a su talla, y, probablemente, procedente de alguna donación, pantalón tobillero y de largas perneras con dobleces al final de las mismas, camisas descoloridas y con frecuencia sueltas y fuera de los calzones, zapatillas de paño o incluso de cáñamo, y calcetines de hilo que se desajustaban del pie y se desmoronaban perna abajo para acumularse de forma apelotonada junto a los tobillos…
Un personaje arropado por todo Cáceres
De este modo y manera Mariano Amaral, el “Nano”, se convirtió, por obra y gracia de esa personalidad que emanaba de su corazón, en un personaje popular en la geografía capitalina. Eso sí, una personalidad que alcanzó una manifiesta popularidad por aquella imagen, por aquella estampa, por aquel mensaje tan propiamente suyo, que le nacía y crecía en lo más profundo de su alma, entre las cercanías y proximidad en el sentir de los cacereños y, también, en el ritmo humano que se suele albergar en las pequeñas ciudades, como lo era Cáceres en aquellos tiempos, como una esencia e idiosincrasia marcada por la propia filosofía que se concentra en el escenarios de los trasiegos ciudadanos.
Hay que señalar, no obstante, que en el “Nano” se concitaban unas particularidades especiales que le enmarcaban y definían como un personaje ingenuo y cariñoso, bonachón y religioso, predicador y nazareno, penitente e impenitente de su propia Cofradía, en el particular sendero procesional de sus desfiles, con estandartes, con santos, con estampas, con vírgenes, con altares, con crucifijos, como apreciábamos todo el paisanaje cacereño. Desfiles esmaltados de una particular imaginería y tintados de entonaciones, así como de canciones religiosas y hasta, eso sí, el “¡Chunda, chunda, chunda, chunda, chunda…!”, con que imitaba las marchas de sus personales desfiles con sus iconos.
Un personaje al que todo Cáceres conocía, apreciaba, quería, respetaba, al que con frecuencia algunos ayudaban con monedas de perra chica, de perra gorda, de real, y, de haber suerte, como de cuando en vez acaecía, monedas de dos reales, inclusive de peseta rubia, aunque estas últimas parecían palabras mayores… Monedillas que hacían relucir, entonces, con la dádiva, el lado más humano del “Nano”, con una sonrisa la mar de tímida, con ese aire cabizbajo del sonrojo, que transparentaba y rezumaba la imagen de su bondadosa alma.
En aquel Cáceres destacaba la peculiaridad y filosofía del Nano, tan querido por todos, junto a otros tipos singulares y coetáneos tal cual venían a ser Zacarias, el maletero; Emilio, el Legionario; el Chato de los Metales; Eusebio, el Batería; Chacón Bamba; Pepe, el Inspector; Isabelita, la JañiJañi; la Chana; Eli Cacahué; El Cartulina; Juan Carabán; Juanito, el Chochero; Bocatique; Sanrrayo; el Capitán Garfio, el Mudo, un recogecolillas, JiuJiú, un maletero con la boina calada hasta lo más hondo que caminaba con los brazos cruzados, pero a la espalda… Todos ellos incursos en sus idiosincrasiascomo genuinos personajes por las calles cacereñas.
Mañana llueve, porque ha salido el Nano
De siempre se extendió por Cáceres, así como de forma costumbrista en las parrafadas y tertulias, que cuando Mariano Amaral, el “Nano”, marchaba en sus rutas por la ciudad, se avecinaban lluvias, dando paso al dicho popular que rezaba “mañana, llueve, pues ha salido el Nano”.
Su imagen era tan conocida que esa misma rumorología de las gentes cacereñas también hizo célebre la frase: “¡Ese es más de Cáceres que el Nano!”, como fruto de su identidad y simbología histórico-popular que arrastraba Mariano Amaral, acaso como una leyenda de gran sabor humano y urbano en el Cáceres de Aquellos Tiempos.
El “Nano”, todo un predicador callejero, genuinamente humano, sencillo, que siempre llevó a gala la hondura de su devoción por la Virgen de la Montaña, nos dijo adiós en abril de 2011, a la edad de 79 años. Y se fue dejando, al mismo tiempo, huérfana de su presencia, a una legión de la chiquillería cacereña, y también de mayores, del Cáceres de aquellos tiempos, marcado por la simbología humana de su persona.
Ese era, sencillamente, el empeño y el cometido, acaso la misión del “Nano”, y, por encima de todo, una persona sensible y querida en todo Cáceres.
Juan de la Cruz
AUTOR: Juan Guerrero
Juan Guerrero, más conocido como Juanito, fue uno de los fotógrafos más emblemáticos de la prensa cacereña y un cronista incansable de la vida en la ciudad durante casi seis décadas.
La obra de Juan Guerrero es una pieza fundamental para entender la historia visual de nuestra ciudad, y es un honor poder compartir su legado en este espacio, donde permanecerá vivo y accesible para siempre.


