Calle Colón (acera de los impares)

La fotografía muestra la calle Colón, en la acera de los impares, cuando aún se alineaban las casas tradicionales que después desaparecerían para dejar paso a grandes bloques de viviendas. Aquel frente de calle era un paisaje doméstico y muy humano: casas con grandes corrales, donde no faltaban olivos y pequeños huertos, y una vegetación que daba carácter al paseo cotidiano.
Quien la recuerda habla de una calle especialmente vistosa en primavera: rosales trepadores, de flores grandes, se enredaban entre las acacias plantadas en la vía y, durante la floración, convertían el recorrido en un corredor de color y olor. La imagen conserva ese aire de barrio con ritmo propio, antes de la transformación urbanística.
La vida en Colón era también una suma de oficios de proximidad y comercios que cubrían el día a día: panaderías, frutería, mercería, zapatería, lechería, además de bar y pequeños negocios especializados como taxidermia o carpintería. La calle contaba incluso con consultas médicas que formaban parte de la memoria familiar de muchas generaciones. Se trataba de un entorno donde “se conocía a todo el mundo”, con vecinos que compartían conversación, recados, infancia y rutinas.
En las traseras y accesos próximos, especialmente hacia Camino Llano, se abría un gran portón que llevaba al llamado corralón, con un patio central y numerosas cocheras. Allí se guardaban vehículos —incluidos taxis— y funcionaban pequeños talleres, destacando los trabajos de carrocería y chapa que daban servicio a media ciudad. Para algunos, aquel espacio era parte del paisaje laboral; para otros, un lugar misterioso, especialmente cuando las viviendas empezaron a quedar vacías y el tramo se fue apagando al caer la tarde.
Con todo, la foto no es solo una fila de fachadas: es el testimonio de un modelo de calle que mezclaba vivienda, patio, árbol y comercio. Algunas de aquellas casas no tenían las comodidades modernas y exigían mucho trabajo doméstico, pero el recuerdo común insiste en lo mismo: la calle tenía personalidad, una estética coherente y una forma de vida que hoy cuesta imaginar tras los cambios.
AUTOR: Serafín Martín Nieto
La vocación de Serafín Martín Nieto a la fotográfica comenzó en la adolescencia, cuando hacía fotos con una Kodak Instamatic y más tarde aprendió a revelar en blanco y negro en Béziers.


