Café Bar "El Sanatorio"





Café Bar El Sanatorio
Café Bar El Sanatorio fue uno de esos locales con personalidad propia que hicieron historia en la calle Paneras. Quien llegaba buscando su ambiente se encontraba con el recuerdo de Antonio Dionisio, su alma durante años, que había tomado el bar en 1957 antes de dejarlo para emprender una nueva etapa con la ferretería Diosan.
El Sanatorio destacaba por una carta de raciones amplísima, que Antonio recitaba de carrerilla, casi cantando, como si fuese un ritual. Entre las más celebradas estaban las gambas rebozadas, el hígado encebollado o los calamares, platos que conquistaban tanto a los cacereños como a los provincianos que paraban a comer en la ciudad.
Pero si algo hacía inolvidable al local era su sentido del humor. Un gran cartel lo resumía todo: “Por más vueltas que doy, al Sanatorio siempre voy”. Y el juego continuaba dentro, con un ingenioso reparto de espacios que convertía el bar en un hospital simbólico: la cocina era el quirófano; la barra, la sala de espera; los baños, urgencias; el comedor, la sala de recuperación; y la zona de la tele, rayos X.
Con esa mezcla de simpatía, buen comer y una puesta en escena única, El Sanatorio se convirtió en un referente popular de Cáceres, uno de esos sitios que no solo se visitaban por las raciones, sino por el ambiente y la manera de hacer sentir en casa a quien entraba.
Los orígenes: apertura en 1928 en Paneras Bajas
La historia arranca con una fecha concreta: el 31 de marzo de 1928 se inauguraba en Paneras Bajas la sucursal del bar El Sanatorio, propiedad del industrial cacereño Felipe Holgado, cuya casa central estaba en la Travesía de San Juan y destacaba por sus amplias ofertas de mariscos.
De aquella etapa quedó también un anuncio publicitario muy recordado, en forma de “escalera”, y un lema que acabaría acompañando al local durante años: “Por más vueltas que doy, al Sanatorio siempre voy”.
El Sanatorio “hospital”: humor, raciones y un bar con personaje
Con el tiempo, El Sanatorio se convirtió en un bar singular por su puesta en escena: las estancias se entendían como si el local fuese un hospital. La cocina era el quirófano; la barra, la sala de espera; los baños, urgencias; el comedor, la sala de recuperación; y la zona de la tele, rayos X. Ese juego, unido a la simpatía del trato, ayudó a convertirlo en un referente.
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Antonio García recoge en sus libros una crónica fundamental de la vida cotidiana, los barrios y los comercios de Cáceres.


