Plaza Marrón


Plaza Marrón

Las fotografías muestran uno de los rincones más populares de la plaza Marrón, en la parte alta del Camino Llano. La delimitación exacta de la plaza ha generado algunas dudas entre los vecinos, ya que también se conocía como Marrón una pequeña calle situada junto a las cocheras de los autobuses de Quevedo. Según los testimonios recogidos, la escena correspondería al entorno del Camino Llano, cerca del lugar donde posteriormente se abrió la calle Hernando de Soto.

En primer término se distingue el pequeño quiosco de chucherías regentado por la señora Mercedes, una mujer recordada por los niños del barrio por su carácter cariñoso y generoso. Algunos vecinos aún recuerdan los pirulís de caramelo que les regalaba y las muchas horas que pasaban alrededor del quiosco. Junto a este establecimiento hubo otro dedicado a la venta de periódicos y revistas, donde también se intercambiaban novelas y al que algunos llamaban el quiosco del Cartero.

Detrás del pequeño quiosco se encontraba la churrería. Los viajeros que utilizaban los autobuses de Quevedo acostumbraban a desayunar allí antes de emprender el viaje. La calle se llenaba de personas esperando la salida de los autocares o recibiendo a quienes llegaban de los pueblos, mientras algunos se sentaban en el poyete situado debajo del conocido como «arandel». También se recuerda la salida desde esta zona de los autobuses de Carrión.

En determinados momentos del año se instalaban bajo el «arandel» los borregos que se vendían con motivo de la festividad de la Virgen de la Montaña. Algunas familias compraban allí el animal, le preparaban pequeñas alforjas de ganchillo y lo llevaban al Rodeo hasta la celebración de la tradicional comida del domingo de la Virgen. Cerca de la churrería también se colocaba un puesto de melones y sandías.

La plaza Marrón y las calles próximas formaban un espacio lleno de comercios, talleres y establecimientos populares. Allí se encontraban el bar Borrego, el bar Tiburcio, la bodega de Garci, una carbonería y una posada. En el edificio alto que aparece en la zona vivía la familia Fajardo; en sus bajos estaba el establecimiento de Villegas y, en la parte superior, el bar Borrego. Este último es recordado por su imagen de un gran borrego merino, sus calamares y el ambiente cercano de su pequeña barra.

En las inmediaciones estaban también las traseras de la Casa Grande, cuyo jardín se encontraba muchas veces abierto y servía de lugar de juego para los niños. La calle estaba rodeada por viviendas y negocios conocidos por todo el barrio: la carpintería de los Rubio, un almacén de Muebles Cordero, las casas de las familias Corrales y Muriel y numerosas viviendas en las que se alojaban estudiantes procedentes de los pueblos.

Especialmente recordadas son las pensiones de la calle Santa Apolonia. Una de ellas estaba atendida por las hermanas Joaquina y Tomasa junto a su madre, María. Más tarde abrieron otra pensión de mayores dimensiones, próxima a la escalerilla del Requeté, con la colaboración de Fidela. En una época en la que numerosos jóvenes llegaban a Cáceres para estudiar, las pensiones y casas particulares del barrio acogían a muchos de ellos.

Las grandes cocheras de Quevedo se encontraban en la calle Santa Apolonia, en un antiguo cocherón que había pertenecido a Aniceto antes de ser vendido a la empresa de autobuses. Los vecinos recuerdan especialmente su enorme puerta de madera, utilizada por los niños como portería improvisada durante sus partidos de fútbol. La puerta era tan grande que, según cuentan, resultaba casi imposible fallar un gol. También recuerdan el problema que suponía recuperar la pelota cuando se colaba en el interior y había un perro vigilando las instalaciones.

Al bajar por la calle del Requeté se encontraban otros establecimientos muy conocidos: Ciclos Níquel, dedicado a la reparación y venta de bicicletas; el taller Mecano, donde se arreglaban máquinas de escribir y se impartían clases para aprender a utilizarlas; la huevería de Julio Corchero; el taller de motocicletas de Faustino; los talleres Bilbao, dedicados a los automóviles, y un antiguo taller de carros.

La imagen conserva, además, la presencia de varios niños y adultos que posan o contemplan al fotógrafo. Algunos vecinos han contado alrededor de trece personas y han llamado la atención sobre uno de los muchachos, que parece llevar un parche en un ojo. Más allá de su identificación, su presencia refleja el ambiente de una zona en la que la calle era el principal lugar de encuentro y de juego.

Para quienes nacieron o vivieron en el Camino Llano, Santa Bárbara, Santa Apolonia, Diego María Crehuet y las calles cercanas, esta fotografía ha recuperado numerosos recuerdos: los juegos infantiles, las familias del barrio, las visitas al quiosco, los viajeros que esperaban los autobuses, los estudiantes alojados en pensiones y la actividad diaria de bares, comercios y talleres.

La plaza Marrón aparece no solo como un espacio urbano, sino como el centro de una pequeña comunidad en la que vecinos, comerciantes, viajeros y niños compartían la vida cotidiana. Aunque gran parte de aquel entorno ha desaparecido o se ha transformado, los testimonios aportados permiten reconstruir la historia de uno de los rincones más recordados del Cáceres de otros tiempos.

Década/año:
Temática:
Género fotográfico:
Estado de conservación:
Materiales:

 

Tipo de fotografía que realiza:
Lugar de nacimiento:
Madrid
Año nacimiento:
Año de defunción:

Demetrio Pulido Sánchez, técnico de radio y fotógrafo autodidacta, retrató durante décadas la vida y la transformación de Cáceres.
Su cámara convirtió calles, personas y momentos cotidianos en un valioso legado para la memoria de la ciudad.