Los vendedores ambulantes de Cáceres, la dureza de la supervivencia


Vendedores ambulantes

La dura vida de los vendedores callejeros de Cáceres, marcados por la necesidad y la soledad en sus arduos trayectos

Los vendedores callejeros, que marcaban una parte de la vida cacereña en aquellos tiempos, llegaban a la capital cacereña desde pueblos cercanos o no tanto. Torremocha, Casar de Cáceres, Arroyo de la Luz, Sierra de Fuentes, y hasta de Madrigalejo con melones, En unas estampas de dureza de vida por las callejuelas y plazoletas de Cáceres lanzando su pregón de mercancías a voz en grito.

Palpo la esencia de aquella historia. De los vendedores ambulantes y viajeros impenitentes a lomos de asnos y yeguas, o tirando de las riendas con los serones cargados de una serie de productos de la geografía cacereña, con la cara resquebrajada de heridas por el sudor de la tierra, con el rostro curtido por el azote del sol, los rigores del invierno, las crudezas de la vida en el alma… ¿Todo un sentido de vida? ¡Todo un sentido de la necesidad de la supervivencia……!

Trasegaban los vendedores con sus panas y alpargatas, con sus camisas deshilachadas, con sus boinas desparramadas por la cabeza contra el sol o contra la llovizna, con sus silencios, crudos, largos, inveterados silencios de la noche de sus adentros, sin luz alguna al final del túnel, con sus ásperas voces, con la colilla de forma mortecina esquinada y apagada del hilo de la vida en la comisura de los labios, con sus manos fornidas entre las raíces de la tierra, entre las venas del campo… Sonaba el eco de sus latidos, así como desesperados, así como palpitantes…. Sonaba y parpadeaba el eco y el murmullo de sus latidos heridos por las campas de los silencios, por las campas de las soledades… Entre las espesas tinieblas de los silencios más compungidos, entre las pinceladas oscuras del clamor de las soledades… Soledades de las soledades en las campas de la propia soledad, inmensa e intensa, que se les derrumbaban desde la reflexión…

¡Ay, aquellos vendedores callejeros…!

Caminaban en el trasiego de la búsqueda de unas monedas, humildes, pobres, cabizbajos, esforzados… Con el rosario de su misterio de penas y pesares en el azar de la vida, pisándoles los talones de la miseria, silbándoles el capricho de los trasiegos, lamiéndoles las ráfagas disparadas por el viento, por el sol, por los temblores, por el cansancio, por la lluvia, por los duendes, por el miedo, por los misterios, por el azote de la respiración a cada instante, como un remolino entre respiraciones y expiraciones del aire para seguir en el trayecto…

¡Ay, aquellos vendedores cacereños, serpenteando por las encrucijadas de la capital y los destinos de la vecindad…! Anhelantes de sobrevivir entre los pasos, crueles, cansinos, de largas caminatas, cabalgando con la mente a pájaros, rumiando silencios de inveteradas miradas perdidas a saber por qué páramos de sus propias opacidades… Voceando, de forma anhelante, de sueños y misterios, tan solo con su propia compañía, en ocasiones con caballerías con las que, de cuando en vez, intentaban echarse una parrafada en sus éxtasis…

—Tú sí que me entiendes y bien ¿no verdad que sí, Turca? ¡No me salgas por peteneras y me vayas a decir que no, carajo…! ¡A ver si también me vas a fallar tú, con tantas confidencias que te cuento…! Y tú, siempre, calladita como los muertos…

Turca, de gris parduzco con motas blanquecinas y sucias, cansada de las caminatas, de los trajines, de los afanes, de forma estoica, obediente, siempre a la voz del vendedor, pareciera mover la testuz, de forma afirmativa; aunque, probablemente, de modo indiferente a los avatares de su amo. Lo suyo era comer lo que se encontrara a mano o a boca, pacer en el suelo, mirar sus horizontes con grandes ojos y de forma asustadiza. A veces hasta pareciera bostezar, así como aburrida de la vida, como en otras ocasiones soltaba un grito, no se sabe si de queja o ironía, así como de cruzada por los estigmas de la incomprensión. ¡Quién sabe…! ¡Acaso fueran cosas probablemente, de las caballerías que, en ocasiones, hasta alguna vez pudiéramos entender los humanos…!

La romana bamboleándose y tintineando ante el amanecer de los horizontes, tintados de nebulosas penas, con cromatismos oscuros, diluidos entre el alegre y amplio ramo de colores que latían por entre el campo de los caminos. De rojo pasión, de verde esmeralda y esperanzado, de morado nazareno, de alegres amarillos…

“Carbón de encinaaaaa…”

Carboneros cobijados bajo las mantas en las madrugadas invernales, tiritando de fríos y tiznados de penas, gritando “Carbón de encinaaaaa” y “Picón de olivooooo”, meloneros errantes pregonando “a raja y cala”, esto es, con derecho a comprobar el sabor de una cata cuyo trozo cortaban con la navaja, y el “sandías coloraaás”, y que la clientela se percatara apreciara bien del color, alfareros, entre piporros, jarras, ollas, platos, barriles, cántaros, voceando, a veces escasos de fuerza y de ganas, automatizados, «¡Pucheros d´Arroyo…!», caleros, dulceros del Casar con bolluelas, roscas de alfajor, mantecados, madalenas y perrunillas, piñoneros…

Se despertaba el caminar aburrido con las mercancías. Una forma de vida, tan dura como cansina, tan rutinaria como, acaso, de contemplativa, intentando arrancar unas pesetas con las que poder sacar adelante, entre kilómetros desde los pueblos vecinos y la esperanza de alcanzar el pan de cada día, en medio de la severidad de unos trajines ante lo que no encontraban más remedio que hacer frente como forma de supervivencia a base de una capacidad de trabajo y de lucha irredenta.

Vendedores de todo y vendedores de nada… A veces, inclusive, perdóneseme, como me relatara personalmente uno de esos vendedores, en el recorrido, en la niñez del articulista, vendedores de todo un puñado de angustias y agonías y de todo un puñado de angustias…

Añadiendo, acaso de modo jocoso,y riéndose desganadamente, hasta de sí mismo:

—¡Pero es que d´algo hay que vivir…!

Continuaba con los hilos entresacados de sus conocimientos de los páramos rurales y populares que vertebran de siempre, en un largo e histórico sendero, los más mayores del lugar, cachaba en mano, ceño fruncido y ondulado entre dudas de arrugas:

—¡Es que no nos queda otra a los pobres, que no hay más cera que la que arde…!

Un silencio de un segundo. Acaso un silencio con una velocidad como la del zigzag de un rayo tiñendo, en una secuencia de marrón oscuro, el cielo… Un visto y no visto. Añadía:

—Así que no hay tu tía y no hay más cáscara…!

—¿Y…?

—Pues si no se trabaja como un esclavo, tó el santo día de Dios, aquí, el menda lerenda, se va echando leches a criar amapolas al camposanto…!

Pegando la hebra con la clientela

Excusas, salidas de tono o explicaciones mamadas de conversaciones escuchadas mil veces, mil, a los mayores de pueblo, echando mano del refranero, siempre muy socorrido a la hora de pegar la hebra con el paisanaje. El vendedor ambulante canteó la vista para el horizonte, pegó un pequeño tirón de las riendas, cruzó la lengua con los molares, soltó un chasquido de ordeno y mando a Pajarita, la mula fiel, y voceó:

—¡Melone durse y amarillo de Marpartiaaaaa…!

Un mínimo eco, esmaltado con su voz irreconocible, le respondió.

—iaaaaaaá…!

Gritaban los vendedores que iban a lo suyo, esto es, a quitarse la mercancía del medio lo antes posible. No se dejaban sorprender, no, contemplando el hechizo de la Ciudad Antigua o Vieja, como decíamos, ni se imaginaban tan siquiera la historia que se escondía en el recinto entre judíos, moros y cristianos, rodeado de palacios, iglesias, casonas medievales y señoriales, conventos, adarves, mientras continuaban recorriendo, de forma apelmazada, abúlica, acaso poco o nada comercial, aquellas callejuelas y plazoletas, y sacar adelante a la familia mientras los ojillos, escondidos en el fondo, solo se detuvieran, probablemente, en un ama de casa, en una venerable anciana, en un crío, correteando hacia ellos con alguna voz…

Un pequeño aviso a la caballería:

—¡Sooooooo, Pajaritaaaaaaaa, sooooooo…!

La mula cejaba en su caminar. Unos segundos de intercambio con austeras parcas, palabras, escondidas en la garganta, como temerosas y dubitativas, como si las prisas, malas consejeras, llamaran a la puerta…Pero el tema era llegar lo antes posible al acuerdo fácil y rápido entre el vendedor y la clientela, un poco de mercancía para el ama de casa, la anciana o el chicuelo, unas monedillas, siempre pocas y escasas, al bolsillo, donde tintineaban a cada paso, alegres y cascabeleras.

El vendedor, en su afán de agotar la mercancía, regresar al pueblo y volver al tajo, seguía lanzando el mensaje, pregonado, de sus productos, animándose y dejándose animar cuando Pajarita, ajena a los planteamientos de pena de su amo, le rozaba cariñosamente el cuerpo o la cara con el hocico, y, en ocasiones, hasta sacaba esa larga lengua lameteándole con cariño de compañera inseparable entre trajines y afanes.

Vendedores aquellos de tiempos segmentados por la severidad de la vida, por la crudeza de los tiempos, por el revés del destino, por la miseria infinita que les desbordaban en medio de un rosario de sudores extraídos desde las venas, por los entresijos de sus existencias, tal cual si fuera o semejara todo un calvario de penalidades… ¡Qué difíciles…!, se añadía el vendedor, asfixiado en su desconsuelo y en su calamidad…

…Toda una serie de desconsuelos y calamidades en los que no caía, apenas, nadie, en la que apenas casi nadie porque prácticamente nadie se fijaba lo más mínimo en ellos, más allá de necesitar la mercancía para la intendencia familiar…

“Con el sudor de su frente”

¿Nadie, absolutamente nadie del paisanaje cacereño se fijaba en ellos?La respuesta la facilitaba el propio vendedor en sus monólogos con Pajarita, su compañera inseparable, y en sus monólogos consigo mismo:

–¡Quiaaaaaá, Pajarita, naide, naide, naide, lo que se dice naide quiere saber ná de nosotros, los desgraciados…! Solo si les hace falta…

Suspiraba. Que el vendedor, qué caray, también tenía derecho a suspirar:

—¿No te das cuenta, Pajarita, que naide, naide, naide? Semos unos desgraciados… Lo que pasa es que tú, que eres más lista que yo, ves, oyes, sientes, me escuchas, pero callas… ¡Ay, so joía zorra…! Menos mal que semos compañeros de fatigas…

Se le crujía el alma, se le rompía la noria de la vida, se le secaba el manantial de sus vibraciones ante una vida anclada entre un terremoto de adversidades… El vendedor ambulante no encontraba más remedio que continuar cabalgando por esos pueblos de Dios, atravesar largos caminos en las encrucijadas de su existencia, con pocos destinos, o tal vez más de los que el mismo considerara, mientras el vendedor, dibujaba en un sinsentido cabriolas en el aire… Aunque solo fuera por el instinto de tener que continuar, día a día, madrugada a madrugada, kilómetro a kilómetro, a lomos de la mula o de la yegua, para ganarse el pan con el sudor de su frente…

Vendedores callejeros que tantas veces se patearon y se recorrieron, con sus mercancías las entrañas más profundas del todo Cáceres, por sus cuatro puntos cardinales, arriba y abajo, abajo y arriba, con el sudor inveterado deslizándose por sus frentes, con el alma rasgada por esas heridas que nadie sabe por qué le crujen a uno en lo más hondo del alma y desde que le nacieron, sin saber cómo, sin saber por qué, sin saber dónde, sin saber para qué.

Juan de la Cruz

Década/año:
Género fotográfico:
Estado de conservación:
Materiales:
Fuente: El Periódico Extremadura

 

Se desconoce la autoría original de esta fotografía.

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Juan de la Cruz Gutiérrez Gómez es un periodista y escritor, con una destacada trayectoria en TVE y una intensa labor como divulgador de la historia y la memoria de la ciudad. Su figura ocupa un lugar relevante en Fotos Antiguas de Cáceres por su aportación al patrimonio cultural y periodístico cacereño.

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