La foto ha despertado un montón de comentarios que han ido poniendo nombres, vivencias y contexto a cada rincón.
Enrique Ordiales Ginés aporta un recuerdo muy personal: cuenta que en la casa de la izquierda vivían sus abuelos paternos y que él mismo residió allí entre 1959 y 1962. Además, señala los agujeros de la fachada como huellas directas de un bombardeo durante la guerra, menciona la metralla, un barrote roto y retorcido y hasta el derrumbe de una escalera interior, detalles que convierten la imagen en un testimonio aún más sobrecogedor.
Otros comentarios se fijan precisamente en esas marcas: May BoGa pregunta si son impactos de bala, y Joaquín Fernández Bello insiste en que son orificios de metralla de las bombas que cayeron en la plaza y causaron víctimas; Juan Pablo Puerto González añade que todavía pueden verse impactos en la fachada de la Concatedral y abre una reflexión sobre la memoria histórica y la importancia de no olvidar.
Y, como contrapunto emocionante, Juana Leal Núñez se reconoce en la escena: afirma que es la primera niña de la izquierda y que aquel día fue una visita a la Virgen de la Montaña en la concatedral.
Al final, lo bonito de estos comentarios es que la foto deja de ser solo una instantánea: se convierte en un lugar donde se encuentran recuerdos personales, historia de la ciudad y detalles que muchos todavía llevan grabados en la piedra.




