Pastelería ISA





Pastelería Isa: la confitería de la Plaza Mayor que endulzó Cáceres desde 1952 y cerró en noviembre de 2025
Si algo tenía de especial el inmueble número 25 de la Plaza Mayor eran los dulces de Pastelería Isa. Fundada en 1952, tal y como aún puede leerse en las letras doradas de su fachada, su cierre en noviembre de 2025 ha supuesto la despedida del casco histórico de uno de los últimos referentes del comercio tradicional en la parte antigua. Un adiós que también retrata la transformación de la Plaza Mayor: quedan lejos los tiempos en los que era zona habitual de tiendas y oficios, y hoy predominan la restauración, los hoteles y los apartamentos turísticos.
La historia de Isa empieza mucho antes del rótulo. Vidal Arias llegó a Cáceres con apenas 9 años, desde Talaván, buscando trabajo. Entró como aprendiz en La Salmantina, una pastelería que Juan García (procedente de Candelario) había montado en un pequeño local de la Plaza Mayor. El obrador estaba en Santa Gertrudis, con batidora, refinadora manual y horno de leña. Durante años, los pasteles iban y venían del obrador a la tienda hasta que, en 1946, La Salmantina se trasladó a un local mayor (el que después ocuparía la Cafetería Cáceres), y el antiguo espacio cambió de uso.
Vidal aprendió el oficio desde la base hasta convertirse en maestro pastelero. Con esa experiencia y su carácter emprendedor, decidió abrir su propio negocio en la Plaza Mayor, metros más abajo de La Salmantina, en un local propiedad de dos hermanas maestras que hasta entonces había sido una carnicería de caballo, situado entre la imprenta La Minerva y la librería Cabrera. Al principio, la tienda era solo el punto de venta: el obrador donde elaboraba bambas, bollos y magdalenas estaba en San Felipe, esquina con Gran Capitán, y durante años la mercancía se transportó en cajas de madera.
En paralelo, Vidal trabajó también en la repostería Toledo, propiedad de Amadeo San Eugenio, en la calle San Pedro, a mediados del siglo pasado. Cuando se casó con Catalina Rebollo, abrieron juntos la confitería en la Plaza Mayor. El negocio funcionó bien desde el inicio y pronto incorporó nuevos productos: pasteles, mojicones y roscas, además de una innovación muy avanzada para su tiempo: pasteles sin azúcar para diabéticos, reflejo de su compromiso con quienes los necesitaban.
El nombre llegó un poco después. Aunque la confitería se inauguró en 1952 en el mismo lugar que se ha conservado hasta el final, no fue hasta un año más tarde cuando la bautizaron como “Isa”, en referencia a su primera hija, Isabel (la segunda fue Jacinta, que reside en Madrid). Isa estudiaba en el Sagrado Corazón (en la Plaza de Caldereros) y, al salir de clase, pasaba por la tienda a hacer los deberes y ayudar: así se fue tejiendo la continuidad familiar del negocio.
En la década de los 70, Vidal compró el edificio, lo reconstruyó respetando la fachada y trasladó el obrador a la primera planta. A comienzos de los 80, cuando llegó su jubilación, Isa —que había tenido una tienda de ropa infantil y lanas en Gómez Becerra llamada Crisnoel— dejó aquel proyecto para incorporarse a la pastelería y hacerse cargo del negocio familiar. Mantuvieron los productos de siempre, pero con el tiempo se sumaron muchos más: palmeras de yema, moritos, san marcos, trabucos, quesadas, milhojas, cuadrados, orejas, sin olvidar las magdalenas y los bollos, que siempre se vendieron con enorme éxito.
La clientela fue pasando de una generación a otra, y con el boom del turismo en Cáceres aumentaron también las ventas entre quienes llegaban a conocer la ciudad monumental y la Plaza Mayor. La campaña estrella siguió siendo la Navidad, con los mazapanes caseros y el roscón de Reyes como protagonistas. Y entre los productos más recordados quedaron las famosas bambas, que la memoria popular asocia incluso con la etapa cacereña de Pedro Almodóvar, cuando las probaba camino del colegio.
Isa se casó con José Luis Mínguez y tuvieron dos hijos, Noelia y Luis Vidal, tercera generación al frente en las últimas décadas. Con ellos, el negocio mantuvo el espíritu con el que lo iniciaron Vidal y Catalina: oficio, familia y mostrador. En noviembre de 2025, sin embargo, esa etapa se cerró definitivamente, dejando en la Plaza Mayor un hueco simbólico: el de una pastelería que fue mucho más que un comercio, porque durante más de setenta años también fue una forma de recordar Cáceres por el sabor de sus dulces.
Antonio García recoge en sus libros una crónica fundamental de la vida cotidiana, los barrios y los comercios de Cáceres.


